martes, 9 de noviembre de 2010

3.
Poco a poco, Raúl -"el greñas"; aunque ahora lucia el cabello corto por motivos laborales- pudo conocer el puerto y sus alrededores recorriendo las calles a pie, y posteriormente, en cuanto la empresa le asignó una camioneta pick-up, manejando a toda velocidad para no acalorarse demasiado. En semanas, todos los recovecos de su nuevo lugar de residencia le eran ya familiares. No había mucho que memorizar: el centro y su plaza de armas con algunos edificios influenciados por el art nouveau de fines del siglo XIX;unos cuantos comercios que no ofrecían mucha variedad; el puerto en cuestión y la aduana, cuya extensa pared surcaba el "centro" y lo dividia como una cicatriz, y donde el lado que daba a la calle invitaba a todo tipo de mercancías y placeres; los productos de contrabando, la prostitución, el alcohol, y las drogas, ahí siempre habían sido una industria más. Y, por cuestiones de trabajo, las refinerías, sus tanques y sus mecheros, eran para el su paisaje "natural"; su otra ciudad.

Se acostumbró a los enormes barcos cargueros bajando contenedores día y noche, y al olor penetrante a mar y a mariscos combinado con el olor de los petroquímicos.
Al principió, le fastidiaba ir a la playa, la arena que se metía en todos lados y el mar con residuos de chapopote no le eran tan agradables, además el sol solo le ponía la piel roja e irritada. Aunque rápidamente comprendió que, a determinadas horas, se podían hacer otras actividades en ese lugar. Se sorprendió a si mismo visitando regularmente la playa más popular de la zona para contemplar el mar, acompañado a veces de amigos y amigas, y otras solamente de unas cervezas y un cigarro de marihuana. También supo apreciar otras playas más inaccesibles, lejos de la gente y de las refinerías petroleras con sus inmensos tanques exudando aceite.
Sin aprenderse todos los nombres de las calles, se movía sin dificultad a través de las colonias de clase media aspiracional, que ahora, con el "boom" petrolero -de principios de los años ochentas- parecían prosperar. Tampoco le eran desconocidas las barriadas de clase baja y sus constantes e informales actividades lúdicas; y las "civilizadas" y "agringadas" colonias de clase alta, pretendiendo estar "aparte", aunque en realidad Raúl notaba que era un intento ridículo, pues todas las colonias estaban muy cercanas entre si. Bastaba caminar una cuadra para que el ambiente cambiara de un terregal con niños desnudos jugando y corriendo, y perros con tiña ladrando a todas horas, a avenidas limpias, cubiertas por robustos arboles, con enormes casas de todo estilo, y en las banquetas hidrantes amarillos como si fuera un barrio gringo.

En esas primeras semanas en el puerto Raúl conoció a una chica en una fiesta de compañeros de trabajo. Notó que, al principio, las mujeres del lugar actuaban de forma muy pasiva, y a la expectativa de que el diera el primer paso; pero que después se mostraban bastante seguras y con iniciativa. Le gustaban las chicas de la región: altas, con buenos atributos, y un fuerte acento mezcla entre norteño y gente de costa.

Actuó con cautela, pero luego se dio cuenta que no había necesidad de pretender, aquí las cosas se hacían en caliente, "derechas", por lo menos en cuanto al sexo; y al otro día a fingir que no había pasado nada y seguir con las rutinas provincianas, aunque todo fueran guiños, murmuraciones, complicidades.

La chica se llamaba Karen; presumía que parte de su familia era originaría de Texas, y su dorado cabello revuelto, y su rostro con pecas parecían confirmarlo. De pronto ya eran amantes; salian muy disimuladamente al cine y a tomar un helado o una malteada en la plaza del centro. Notó que había gente que solo iba al cine para disfrutar del aire acondicionado y olvidar un poco el calor; incluso algunos se quedaban dormidos. Muchas parejitas de adolescentes calientes no se interesaban demasiado por las películas. En esas salas pudo ver Tiburón unas tres veces, la cual reestrenaron preparando el terreno para la anunciada versión en tercera dimensión.

La comida en la zona era buena: abundante carne de res, y embutidos de cerdo; excelentes y frescos mariscos; y queso, mucho queso. Era lo que la región producía con orgullo.

Se puede decir que pudo acostumbrarse al lugar muy rápidamente. Se compró un estereo componente japones de lo último en tecnología de esos años, traído por encargo del "otro lado". Valió la pena pagar por esa joya y por sus ocho bocinas cuadrafonicas. Ahora los discos-de vinil- y los cassettes se escuchaban como dios manda.
Y la vida en el puerto lo hacía a uno olvidarse un poco de los planes a futuro; la cosa era vivir el día a día, ir la playa a cotorrear, no deshidratarse, y juntar un dinerito.

domingo, 22 de agosto de 2010

Aquí no había camas cómodas adornadas con florecitas hippies; aquí había muerte, cadáveres descomponiéndose aceleradamente con el calor, la gran bestia re-acomodándose durante la noche.

1.
Se escuchaba el ruido de alguien afilando un cuchillo contra la banqueta-¿como sabía con exactitud que era un cuchillo siendo afilando contra la banqueta?, por que ese sonido es inconfundible. Y ahora lo se, por que los hechos acontecidos posteriormente así lo demostraron-. En esa noche calurosa y callada, solo se escuchaba el pequeño -pero dañino- objeto de metal rozando el pavimento; y se escuchaba tan cercano como si algún enfermo asesino en serie estuviera al lado de la cama dispuesto a degollarte. Era perturbador, pero a la vez casi natural e inherente a la noche de esta pequeña ciudad y puerto. "Donde todos actuaban como locos".-pensó Raúl-.

El acababa de llegar, y estaba poco familiarizado con los ruidos nocturnos del lugar; o más bien no terminaba por acostumbrase al sepulcral silencio de esa ciudad, que en muchos sentidos continuaba con sus actitudes de hipocresía social y de doble moral, aún todavía en pleno año de 1983.Y por lo mismo la localidad presuntamente se “apagaba” por las noches en la mayoría de sus calles; mientras que al otro lado de la ciudad, cerca de la aduana del puerto, todo era fiesta etílica y sexo desbocado. En ese momento, en esa noche en particular, Raúl no imaginaba que a solo unas cuantas cuadras de esa flamante casa -propiedad de su tío-, podría satisfacer sus más locos deseos de joven imberbe, y que al lado del puerto y los alrededores, se ejercía un raudo comerció sexual para todos los bolsillos, y que cualquier, digamos, "necesidad física" estaría colmada, a cambio de unos cuantos y sebosos pesos. Por que así es como se entretenían las personas durante las noches en ese puerto turbio y falso.
El era del D.F., chilango pues, de la Colonia Roma. Ahora dejaba de ser ese individuo privilegiado que estudiaba música en el Conservatorio Nacional, que ligaba nenas sin muchas complicaciones en las tardeadas de las Discos locales, y que incluso comenzaba a ser reconocido por su trío de Jazz, y por su grupo de covers de Rock en inglés –“como debe ser, en inglés”, decía Raúl-. Todo eso se había acabado: sus prometedoras practicas de tenis -¡y la mesa de ping-pong en el patio, carajo!-, adiós a todas las actividades del club deportivo y todas las nenas que iban solo a cotorrear ahí; de hecho “bye, bye” a todas las nenas del "mundo conocido", todas se iban ahora por el caño. Esperarían a que las llamaran un par de semanas, y luego se olvidarían del chavo flaco de cabello largo, que vestía en onda, y que era el guitarrista de dos bandas “buenisimas”. ¿Por que justo en esta etapa se tenía que haber echado un round con su iracundo padre? La verdad es que ya se la tenían sentenciada. –“Los muy culeros. ¡Familía mis huevos!”.

El principio del fin sucedió tras una clásica disputa familiar. El viejo ya no aguantaba tanta ausencia, tantos ensayos, tantas juergas, tanto ron con cola, tanta mota, tanto greñudo merodeando dentro de la casa, tanta "niñita puta y descarriada", tanta vida "disipada", tanta música saliendo del tocadiscos a todas horas, tantas salidas en el coche del “Jr.” Pablito, el vecino. Todo fue una redada; su propia madre lo había vendido: ella se fue de viaje a Estado Unidos, a Californía, prometiendo que le traería una guitarra Gibson Les Paul y algunos discos que solo se conseguían por allá; pero no era ese precisamente el plan, solo era una distracción, para desentenderse del asunto. Lo que pasó es que lo dejó solo con su padre, a su propia suerte. La primera noche que Raúl llegó a casa después de un cotorreo, su padre lo confrontó. Le echó en cara ser un bueno para nada, de desperdiciar su potencial en algo tan insulso y vacuo como la música, en fin, lo que cualquier papá prepotente y adicto al trabajo le diría a su hijo "greñudo" de diecinueve años. Y más en México, donde el Rock y su cultura eran vetados por el gobierno.

En ese entendido, Raúl, "el guero", "el greñas", o el "Quico", era un alienado de la "moderna" sociedad de principios de los años ochenta del D.F., una paría, un musiquete con un estilo de vida promiscuó, condenable a todas luces; era un "Junior" ventajoso y parásito.

Don Félipe, su padre-mi abuelo-, era un duro y seco inmigrante español-de Navarra-, que se proclamaba como arquitecto por que había estudiado la mitad de la carrera en España, y que hizo cierta fortuna en México, de la mano del gobierno de Luis Echeverria, y posteriormente tejiendo alianzas en el sexenio de López Portillo. Un influyentazo pues; pero no era culpa de Raúl que su "jefe" fuera todo aquello que repudiaba, por que “el Raúl” era a todo dar.

En fin, que el viejo aprovechó que la madre de Raúl no estaba (para interceder por el, como siempre), y esta ausencia precipitó los hechos que obligaron al joven Raúl a salir de la casa paterna e ir a trabajar a ese extraño puerto, cuyo nombre y ubicación ya evocaban ciertos peligros exóticos. Era como ir a otro país. -“Esta lejísimos del D.F.”-.
El trabajo presuntamente lo convertiría en un hombre de bien, en una persona decente; aún estaba a buena hora de recomponer su vida y olvidarse de la estúpida idea de dedicarse a la música, de continuar por “el mal camino”. Ningún hijo suyo sería un inútil. Aprendería desde abajo-como sus padres lo hicieron al llegar a México; como el lo hizo... Trabajaría en Pemex, recomendado por su hermano, el tío Aquiles.

Sin más remedio Raúl aceptó su nueva suerte. Estaba dispuesto a demostrarle a su padre que nada doblegaría su espíritu, ese espíritu del que hablaban autores como Herman Hesse, Nietzche, Gibran Khalil, o Lonsbang Rampa y Carlos Castañeda-


2.
Llegó al puerto sudando- el aire acondicionado del autobús era solo una broma de mal gusto-, cargando su pesada maleta y su guitarra acústica dentro de un duro estuche - ya traería la guitarra eléctrica en otro viaje posterior-, confrontando el sol, y canturreando “Immigrant Song” de Led Zeppelin con su mejor imitación de Robert Plant, esperando que, si evocaba el frío de las tierras nórdicas, se olvidaría un poco del calor de la costa del Golfo mexicano.
-¿Taxi joven?
Estaba seguro que llegaría a casa de sus tíos tras recorrer unas cuantas cuadras, ¿para que necesitaría un taxi en este lugar donde todo esta relativamente cerca? Casi un pueblo bicicletero, pues.
A la cuarta cuadra se arrepintió de su decisión. Vio su cabello largo bambolearse frente a su rostro mientras caminaba, volviéndose tan solo un objeto sofocante. Luego vio como en el suelo caían gotas de sudor desde su frente, el apretado pantalón de mezclilla deslavada se sentía como una trampa: estorboso, burdo; la chamarra negra de "members only", que había sido tan útil al salir del D.F. y durante una fría noche en carretera, ahora era ridícula a pesar de estar arremangada.
"¿Tendré que usar ahora camisas hawainas a la Magnum P.I."?
-dijo casi en voz alta.
La gente lo volteaba a ver como si vieran a un marciano lleno de maletas. Unas niñas de secundaría se rieron de el, por lo extraño y fatigado que lucía; un grupo de albañiles se burlaron de su cabello largo y lo llamaron afeminado; otro taxista lo llamó "señorita",para después ofrecerle sus servicios diligentemente, totalmente confundido con su género. Raúl pensó en "hacérsela de tos" a este último-al fin este estaba solo, no como los albañiles que eran un chingo-, pero luego se dio cuenta que el tipo lo decía convencido de que ese amasijo de cabello bien cuidado, y el cuerpo flacucho enfundado en mezclilla ajustada y en una chamarra negra, era de verdad una "señorita".
-¿Ahora soy una especie de David Bowie, o un Boy George?, un andrógino extraterrestre que fue escupido a este lugar perdido- Eso ya fue demasiado para Raúl, quién se detuvo en una esquina a replantear su estrategia; en eso un grupo de ancianas que estaban en una pequeña tienda de esa esquina, se quejó de que últimamente venía mucha gente rara al puerto en busca de droga. No llevaba ni veinte minutos en esta pequeña ciudad y ya había sido señalado y repudiado, esto no podía ser buena señal.

Como si de verdad atravesara su via crusis personal, Raúl avanzaba penosamente por las hirvientes y polvorosas calles del puerto, a pleno sol del medio día.

Para Raúl, esa ciudad -si se le quiere llamar así- parecía un animal prehistórico gigante, viviente, que exudaba calor: era un lagarto tendido al sol en un pantano primigenio -y nosotros estábamos sobre el-; el puerto entonces, era lo innombrable, el castigo, el Leviatán –de escamas de cemento y polvo, que sudaba chapopote caliente-. Era como Godzilla; algún día ese supuesto "puerto" se revelaría como lo que realmente era:una tortuga gigante-¿Gamera, entonces?-, y no una inerte extensión de tierra.

Raúl sabía que debía avanzar, por inercia, hasta llegar a la avenida principal donde iniciaba la colonia petrolera, donde su tío Aquiles tenía una casa. A donde llegaría en calidad de "extra", despojado de la vida como la conocía. A trabajar para Pemex como recomendado. En un lugar extraño, donde el calor era insoportable y las jornadas de trabajo eran duras; pero donde Pemex pagaba bien por dichos servicios.

La tía Adriana resultó ser muy comprensiva y abierta. –“Ya veras que te vas a adaptar al calor muy pronto. Yo también extraño México*-el D.F.-. Sobré todo por mi familia, y las tiendas; aunque acá es más práctico y conveniente hacer el shoping en el otro lado –E.U-.

La habitación que le proporcionaron era un cuarto pequeño -pero al estar en la azotea tenía cierta independencia-. Y un gran ventilador de aspas coronaba el techo. Por cierto, el zumbido de ese ventilador encendido, también era hipnótico.

Pero el sonido que no lo dejaba dormir en esa primera y bochornosa noche en el puerto, era el ruido que venía de fuera: un incesante ruido de delgado metal siendo raspado contra el cemento. -"¿Quién haría eso a mitad de la noche?, ¿y por que? En este lugar hay cada loco. Debe ser por el calor".

* En la mayoría de la provincia mexicana se le denomina "México" a la capital de la República, el Distrito Federal

sábado, 21 de agosto de 2010

Canción del emigrante.


Venimos de la tierra del hielo y de la nieve.
Del sol de medianoche, cuando sopla como un viento caliente la primavera.
El martillo de los dioses guiara nuestras naves hacía una nueva tierra.
Para luchar contra hordas, cantando y llorando: ¡Valhalla, voy hacía ti!

...así que detente, y mejor ve reconstruyendo todas tus ruinas.


"Immigrant Song" de Led Zeppelin.

viernes, 20 de agosto de 2010

Memorias, algunas que no son del todo mías.


Y yo-si, otra vez "yo", otro recuerdo del "yo"-, siendo aún un niño, entraba a hurtadillas a la habitación de mi tío. Y observaba esos posters que invadían las paredes. Recuerdo, por ejemplo, el cartel de la película Tiburón-con el dichoso "Jaws", el tiburón blanco asesino "psicópata y serial", a punto de morder a una chica que nadaba plácidamente, ajena al peligro-; un recorte de una caricatura de los super-machos de Rius sujeto con tachuelas en la puerta de entrada al cuarto; una calcomanía de una flor hippie pegada en la cabecera de la cama -la historia: la enorme cama de madera había pertenecido a una prima mayor de mi tío,o sea mi tía,algo hippie, que en cuanto se casó, donó su elegante cama al tío Raúl-; e imponentes posters: de Led Zeppelin en pleno, juntó a un Alice Cooper gritón y maquillado, y una hermosa modelo con el cabello rojo y ensortijado.

Mi tío en esa etapa se había mudado a otro lugar, con su novia, a una casa cerca de la playa. Ocasionalmente regresaba al hogar paterno en el D.F. para discutir con la abuela y los tíos, ver a su novia del D.F., y hacer divertidas fiestas,donde hasta yo llegue a asistir siendo aún un mocoso, a pesar de lo alocadas que eran estas reuniones ¿como se me permitía estar ahí?, no lo se.

Otra cosa que me gustaba de su habitación, es que podía tocar las cuerdas de su guitarra eléctrica. Que por respeto, siempre devolvía prontamente a su estuche. Era una guitarra Gibson Les Paul, que mi tío trajo de Estados Unidos, y que pudo comprar con dinero de sus primeros y jugosos sueldos. El tío Raúl hacia sonar esa guitarra con acordes, riffs y bends al más puro estilo de Jimmy Page; una vez se encerró un viernes en la noche en su cuarto y tocó el solo de "Whole Lotta Love" hasta que lo perfeccionó; el domingo en la mañana el solo seguía sonando incesantemente, pero nadie se quejó, por que sonaba perfecto y con un feeling rabioso y elegante a la vez, un homenaje a Jimmy Page. Lo escuchábamos todos ahí, reverberando por toda la casa, entre fascinados y condescendientes, por que sabíamos que tendríamos al tío Raúl entre nosotros poco tiempo, pues tenía que marchar al trabajo en la costa del país. Así que esos recuerdos se incrustaron en mí, por su singularidad y buenos momentos.

Mi otro tío-menor que el- y yo éramos sus discípulos; pasábamos las tardes siendo aleccionados en cuanto al Rock, a base de intensas y fructíferas sesiones al lado del toca discos. Sus ocho bocinas parecían muebles cuya función principal era estremecer las paredes y las cosas de esa habitación.

Mi tío, el rockero irredento, se asemejaba, a pesar de sus veintitantos años,a un viejo sabio, una alma vieja que tenía todas las respuestas del mundo, y que por lo mismo permanecía imperturbable, rodeado solo de música y de sus sueños. Tan comprometido en su misión, que ni siquiera su demandante trabajo apartado de su lugar de origen lo hacían olvidar la importancia que la música ocupaba en su vida.No era un simple hobbie,
nadie que tocara como el,a ese nivel,se tomaba esto como un puto hobbie

Las guitarras Gibson Les Paul sin duda suenan muy bién, tienen un sonido brillante, ya clásico; parecen una buena bestia que ha logrado ser domada para dar los mejores resultados de una fusión entre instrumento y ejecutante.

-Escucho chillar a lo lejos una guitarra...si....parecen las notas del solo de Page, de ese desenfrenado "interludio" de "Whole Lotta Love".
Y entonces me vienen recuerdos...memorias, algunas que no son del todo mías.-

Dios del Trueno y del Rock and Roll.


Yo nací en el olimpo,
dado por mi padre,
criado por demonios,
entrenado para reinar.

Dios del trueno y del Rock and Roll.
Ya has caído bajo el hechizo.
Lentamente devoraremos tu joven alma.



-"God of Thunder" de KISS.-

lunes, 19 de octubre de 2009

Más grandes que la vida.


Los posters en la pared desfilan y danzan: cabelleras revueltas y ensortijadas, guitarras de doble cuello, luces moradas, rojas, y verdes. Las figuras desgarbadas de los músicos se transforman en algo más grande que la vida; congeladas en el tiempo, inmortales.

Más grandes que los Beatles, más grandes que Jesús, así tendrían que ser las bandas de rock, esa debiera ser su aspiración: Bigger than life; ser de plomo, ser del tamaño de un Zeppelin, y cubrir todos los ángulos, en actitud y en música

Y -nosotros- fantaseábamos con la llegada de esos "salvadores del Rock". Tenían que llegar, sin avisar, con arrogancia y talento desbordado.
Llegarían, al principio,como todos,siendo solo hombres corrientes,prescindibles, del montón. Bastaba tan solo un giro más a la tuerca, para pasar de ser unos simples músicos, a eternos bufones cósmico, a imprescindibles; y llegar a ser una imagen pegada detrás de una puerta, celebrando, representando a todos aquellos que le cantaban a “lo verdadero” y a lo sublime, a ese misterio que se esconde tras los arboles y el ocaso. Esa música frenética, como el ritmo de una vida absurda, casi desperdiciada.

Nosotros, los que apreciábamos el buen Rock, sabríamos esperar a "la banda”,a los elegidos. Solo había que aguardar a que todo se alineara en torno a este hecho. Que la luz –eterna, dadora de vida- se transfigurara, al pasar a través de un prisma piramidal -como en la portada de “Dark Side of The Moon” de Pink Floyd-, para descomponerse, y luego volverse a componer, -Same Old Song-; el espíritu primordial llegando como olas.

Solo hay que ver las noticias –no esas “noticias” que el televisor vomita con coloridas imágenes, y que sirven para crear un efecto de realidad intocable, de normalidad; me refiero, más bien, a las noticias psicotrónicas, las alucinantes, las que rayan en lo irreal al presumirse como reales-; las noticias que vienen de todas partes y en todo tipo de formas-. Y cumplir una de las tareas indispensables para "los guardianes de la verdad": indagar, unir las ideas, como la antena humana que eres. Y un día todo se te revelara.

¿Qué son esos sonidos que vienen de esa habitación? ¿Son acordes?
¿Qué instrumento es ese? ¿Será una guitarra? ¿Que más puede ser?